Joyce Mansour: erotismo, violencia y subversión del cuerpo femenino

 Joyce Mansour (El Cairo, 1928 – París, 1986) fue una poeta francesa vinculada al surrealismo, cuya obra desbordó los límites impuestos a la escritura femenina. Aunque durante años fue leída desde una perspectiva marginal o meramente provocadora, hoy su poesía se reconoce como una de las más radicales y transgresoras del siglo XX. Mansour escribió desde el cuerpo, el deseo y la violencia, desmontando los imaginarios patriarcales que reducían a las mujeres al silencio, la pasividad o la idealización.

Su poesía es oscura, carnal y excesiva. En ella, el cuerpo femenino no aparece como objeto de contemplación, sino como espacio de poder, pulsión y amenaza. Mansour rompe con la tradición lírica que asocia lo femenino a la delicadeza o la contención, y construye una voz poética atravesada por el erotismo, la muerte y la furia. Su escritura no pide permiso: irrumpe.

Vinculada al círculo surrealista parisino de André Breton, Joyce Mansour llevó el surrealismo a un territorio incómodo incluso para sus contemporáneos. Mientras muchos poetas del movimiento reproducían fantasías masculinas sobre el cuerpo femenino, Mansour invirtió la mirada: escribió el deseo desde una subjetividad femenina activa, violenta y autónoma. En sus poemas, la sexualidad no es ornamento ni metáfora, sino experiencia física y política.

El erotismo en su obra no busca agradar ni seducir al lector. Es un erotismo crudo, a menudo atravesado por imágenes de desmembramiento, sangre y muerte. Esta estética radical funciona como una crítica directa a la romantización del deseo y a la domesticación del cuerpo femenino. Mansour expone el miedo que genera una mujer que desea, que habla y que no se somete a la norma.

Desde una lectura feminista contemporánea, la poesía de Joyce Mansour puede entenderse como una forma temprana de insurrección contra el control patriarcal del cuerpo y la sexualidad. Su escritura anticipa debates actuales sobre la autonomía corporal, la violencia simbólica y la necesidad de reapropiarse del lenguaje para nombrar lo que ha sido históricamente censurado.

Durante décadas, su obra fue relegada a los márgenes del canon literario francés, eclipsada por figuras masculinas del surrealismo. Esta exclusión no es casual: la radicalidad de Mansour desafiaba no solo las convenciones literarias, sino también el orden simbólico que regula quién puede hablar y desde dónde.

Hoy, leer a Joyce Mansour es un acto político. Su poesía sigue incomodando porque no ha sido domesticada. Nos recuerda que la escritura puede ser un espacio de peligro, que el cuerpo es un campo de batalla y que el deseo femenino, cuando se nombra sin filtros, tiene un potencial profundamente subversivo.

Joyce Mansour no escribió para ser aceptada. Escribió para existir con violencia, placer y libertad. Y en esa escritura sin concesiones reside su fuerza.

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