Diana J. Torres: el activismo posporno como insurrección política

 Diana J. Torres, también conocida como La Pornoterrorista, es una de las voces más radicales e incómodas del activismo feminista contemporáneo. Escritora, performer y activista, su trabajo se sitúa en la intersección entre el feminismo anticapitalista, la disidencia sexual, el posporno y la crítica frontal a las normas que regulan los cuerpos, el deseo y la sexualidad. Su obra no busca provocar por estética: busca desmantelar los dispositivos de control que atraviesan lo íntimo.

Desde una posición abiertamente política, Diana J. Torres cuestiona la heterosexualidad obligatoria, la moral sexual hegemónica y la domesticación del placer. Su activismo entiende el cuerpo como territorio de lucha y la sexualidad como un campo atravesado por relaciones de poder. Frente a un feminismo normativo que aspira a la respetabilidad, Torres reivindica la incomodidad, el exceso y la desobediencia como estrategias de resistencia.

Uno de los ejes centrales de su trabajo es la crítica al sistema pornográfico dominante y, al mismo tiempo, la reapropiación del porno como herramienta política. Desde el posporno, Diana J. Torres propone una representación del deseo que huye del mandato patriarcal, visibilizando cuerpos no normativos, prácticas disidentes y sexualidades excluidas del imaginario hegemónico. El placer deja de ser mercancía y se convierte en acto político.

En su obra escrita, especialmente en Pornoterrorismo (2011), la autora articula un manifiesto feroz contra la represión sexual y la violencia simbólica que pesa sobre los cuerpos feminizados. Su escritura es directa, provocadora y sin concesiones, atravesada por una voluntad clara de romper el silencio y el pudor impuestos como formas de control social.

La performance ocupa también un lugar central en su práctica. A través de acciones corporales explícitas, Diana J. Torres expone la fragilidad de los límites entre lo público y lo privado, lo aceptable y lo prohibido. Sus performances no buscan entretenimiento, sino confrontación: obligan a quien mira a posicionarse, a cuestionar sus propios prejuicios y a reconocer la violencia estructural que sostiene la moral sexual dominante.

El trabajo de Diana J. Torres incomoda porque señala aquello que muchas veces incluso los espacios feministas prefieren no mirar: el deseo, la contradicción, el placer atravesado por el poder. Su propuesta no ofrece respuestas cerradas ni discursos tranquilizadores. Al contrario, abre fisuras, genera conflicto y exige una revisión constante de las propias prácticas políticas.

En un contexto de creciente normalización y mercantilización del discurso feminista, Diana J. Torres encarna una posición de resistencia radical. Su activismo recuerda que el feminismo no nació para ser cómodo ni respetable, y que el cuerpo, lejos de ser un espacio privado, sigue siendo uno de los principales campos de batalla política.

Diana J. Torres no propone un feminismo amable. Propone un feminismo que arde, que incomoda y que desobedece. Y en esa incomodidad reside su potencia transformadora.

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